Los lectores somos invitados aquí directamente a estar con Bioy, como si pasáramos a la intimidad del living de su casa y Bioy confesara cuáles son, en definitiva, los seres, los libros o los instantes que más lo han conmovido. En esa charla plácida, inteligente y, por momentos, serenamente triste, disfrutaremos anécdotas e ironías, pasearemos por el encanto de la literatura italiana de la mano de Moravia o Calvino, nos adentraremos en los secretos del género epistolar, imaginaremos al amor como una variante de la locura y comprenderemos qué parte del encanto mágico de nuestras experiencias está compuesto por cosas fugaces—el olor del pasto recién cortado, el olor del pan que tuestan a la hora del té—. Y en el final, cuando Bioy decide reflexionar sobre el humor, encontramos el mejor homenaje que pudo hacerse a sí mismo. El humorismo—dice Bioy, parafraseando a Humberto Saba—es cortesía, la cortesía de evitar que lo dramático se adueñe de nuestra atención, la cortesía de avisarnos de que cualquier situación puede contener un elemento ridículo, una cortesía.