
Padre, emprendedor, fotógrafo y escritor que ama la vida y desconoce el Universo. La literatura me descubrió con siete años, pero no aprendí a escribir hasta los dieciséis. Desde entonces, las historias acuden a mi pensamiento de manera casi instantánea. Debo casi toda mi producción literaria a las ideas de otras personas, a mis autores favoritos, a sueños y pesadillas, al lenguaje que he heredado y a muchos otros factores que ni siquiera he identificado aún. Lo que ignoro por completo es qué parte de mi obra se debe a mí, si es que hay alguna. He ganado pocos certámenes literarios porque no soporto perder en ese tipo de competiciones, apenas leo a mis contemporáneos, y tengo una visión de mi obra como algo mutable pero no negociable. Creo que con el tiempo he sucumbido a la idea de considerarme a mí mismo un autor, pero creo que la categoría de escritor deben dártela los lectores. Si nadie te lee, tu obra es como el árbol que cae en un bosque donde nadie puede escucharlo y tal. Aparte de que me desagrada mucho hablar de mí mismo, me satisface que mi obra provoque sensaciones intensas en los lectores, especialmente la inquietud.