“El cuento –escribe Andrés Neuman- es el género que mejor sabe guardar un secreto”. Partiendo de esta convicción, y con un punto de vista extrañado e inquietante, El que espera ofrece al lector una ventana misteriosa, un hospital que enferma a sus visitantes, sueños premonitorios y una variedad de peculiares personajes (un buscador de escarabajos, un violinista histérico, un galán telefónico, un hombre que le teme a las alturas, un taxista que le cede el volante al pasajero, un intelectual de playa, un rey autista, un vampiro melómano, un asaltante de correos...) que, en muchos casos, encuentran dificultades para relacionarse con los otros y con la lógica normal. Si la esperanza, la espera de la muerte o la desesperación son materiales con que el tiempo está hecho, este volumen es, entre otras cosas, un homenaje a la inquietud, a la paciencia y a la búsqueda. Divididos en miniaturas y brevedades, una característica común puede señalarse en todos sus relatos: la tensión interna. El epílogo-manifiesto que cierra el volumen, además de su decidida defensa del cuento, acomete la tarea de desvelar algunos de sus patrones constructivos, de sus recursos técnicos y sus perspectivas, distinguiendo los microcuentos del resto de textos breves. El microcuento entra en mestizaje con el poema en prosa, con la reflexión breve o con el diario, configurando un subgénero con personalidad propia. La experiencia de su lectura, semejante a la de un poema en intensidad y concisión, en su carácter cíclico y su sentido abierto, depara al lector el descubrimiento de un enigma cuya resolución correrá a su cargo. Nos encontramos, en definitiva, ante una modalidad narrativa que contiene los ingredientes de nuestra época: velocidad, condensación y fragmentariedad.