
“El ginseng es un té poderoso para soportar el dolor del mundo y para sacar de adentro nuestro la potencia que convierte el dolor en aventura. Este libro me encantó porque también tiene una frescura inusitada. No es literario, es la transcripción de una voz que es la misma con la que nos contamos todos los días de nuestra vida”. (Fabián Casas) Una mano tipea, la otra sostiene lo que le da el mundo. Así empieza Ginseng y así avanza. Con esa fe en las palabras, con esa fe en las cosas. Con esa fuerza reflexiva y fresca de raíz oriental. Los poemas como el consuelo vaporoso de un té medicinal, como el tiempo para pensar en lo que no se piensa. Con un lenguaje coloquial, con las cosas que pasan, con el humor y la calle caminada con amigos. Pero también con la hipérbole, con el vericueto dramático, la epifanía encontrada por azar en el desconcierto, Ginseng avanza. Con lo que tiene a mano, inventa senderos posibles, crea en la lectura un cómplice, un acompañante, un lector. Con lo que tiene a mano, Ginseng le regala un aire nuevo, le devuelve la fe como esa posibilidad de soportar la duda. En ese espacio común, crea una sinceridad feroz que revitaliza. (Santiago Craig)