
El ritmo de esta novela -aunque se lea mejor como una notable pieza de teatro o un guion- está marcado por el silencio del personaje principal. Los diálogos avanzan a toda prisa, casi en una carrera para llegar a la siguiente página, y solo Gómez, el protagonista, avanza a pesar de ellos. Ni siquiera tiene un nombre. Gómez es Gómez incluso para su mujer. Despojado así de autonomía e identidad, la pregunta, en plena vorágine de los diálogos que se suceden unos tras otro -con Gómez avanzando a pesar de ellos-, solo puede ser una: ¿qué futuro le espera al protagonista? La ansiedad del lector será aplacada a la brevedad: esta novela/obra de teatro/guion se lee de un tirón. Sin embargo, es una comedia perfecta. No nos reímos de la grisura de Gómez, ni de la desdicha ajena, ni de su incapacidad para enfrentarse al mundo. Es algo más simple, quizás más profundo. El humor en Javier Schurman nos enfrenta a la rutina diaria y nos vemos en estas páginas como un espejo. Nos reímos así, con la risa nerviosa del que ha sido descubierto: o somos Gómez o nos parecemos. Daniel Titinger