
La creatividad se alimenta de los pensamientos de quienes la poseen, anida en sus neuronas y entreteje raíces en lo más profundo de su alma. Yo no soy la excepción. Ya de pequeña disfrutaba creando fantasía, misterio y acción en la cotidianidad que la vida me ofrecía, buscando siempre ese “algo más” que me inspiraba y me atraía. Desde que sentí ese primer impulso supe que ya no había vuelta atrás. Yo era escritora. O iba a serlo. Mi primer contacto con la literatura se dio a través de la fantástica novela “Momo” y las extrañas desventuras de “Bámbulo”. Si bien ninguno de los dos consiguió (de manera inmediata) que me enamorase de los libros, sí allanaron el camino para que “Harry Potter” me diese el empujón que necesitaba. La inspiración estaba en todas partes; en las películas, en la música, en los videojuegos, en las ilustraciones, en las palabras… pero siempre faltaba algo; un hambre insaciable llamaba a mi subconsciente y le exigía algo nuevo, algo que realmente lo satisficiese. Y fue entonces cuando decidí crear mis propias historias para poder modelarlas a voluntad. Las ideas inundaron mi mente y la llenaron de aventuras que no tardé en transcribir, completando así mi primera y adorablemente inexperta saga de aventuras fantásticas, alojadas con humildad en cuadernillos de espiral. No sería hasta cumplir la quincena que finalizaría mi primera y genuina novela, una obra que, si bien era más madura, pecaba de ingenuidad. Sin embargo, su nacimiento trajo consigo el anhelo del camino recorrido con ella, y me empujó a continuarlo como si nada más importase, convirtiendo lo que antaño fue un inocente pasatiempo en una meta de vida. A ella le debo todo lo que tengo, todo lo que soy. Y a ti, todo lo que algún día seré.