En una ciudad bruscamente abandonada por sus pobladores, Teodoro se pasea por esa fantasmal soledad con la única compañía de las omnipresentes palomas, que parecen vigilarle a cada paso que da. No hay motivo aparente para tan drástica y repentina decisión y por mucho que Teodoro se lo pregunta, no le encuentra explicación. Conforme pasan los días la tensión que produce la soledad aumenta y empieza a no poder soportar la presencia de las aves, pues intuye cierta relación entre la presencia de los animales y la ausencia de los humanos, por lo que barajará la posibilidad de declararles la guerra.