
Sin desdeñar el rigor académico, en el que parecen algo atascados los estudios sobre el Ateneo de la Juventud, este libro de Marcos Daniel Aguilar se diferencia de otros por su vitalismo. Vitalismo es una palabra muy cara para los intelectuales mexicanos de principios del siglo XX, deseosos de romper con una dictadura de 30 años -la de Porfirio Díaz-, pero a la vez temerosos de precipitarse en la violencia. José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Pedro Henríquez Ureña y especialmente Alfonso Reyes (el más mencionado en este libro) vivieron entre brutales entusiasmos revolucionarios y contrarrevolucionarios, y escogieron el camino más difícil: el término medio de la concordia y la cultura, lo que Marcos Daniel llama 'La terquedad de la esperanza'. Parte de su tesis es que antes de que el Ateneo de la Juventud se disolviera tras la Decena Trágica en febrero de 1913, antes de la violencia y de los partidos gregorios, los jóvenes ateneístas planearon una revolución mucho más honda: la del nuevo hombre, la del ser humano en perpetua invención. Ensayo de largo aliento con ser un libro corto (no supera las cien páginas), 'La terquedad de la esperanza' incluso resucita a Alfonso Reyes en el Madrid de 1916, y Marcos Daniel se pone a dialogar con él y le abre cuentas y perfiles en Twitter y en Facebook. Lo actualiza: lo rejuvenece en el más bello sentido de la palabra. De ahí vitalismo de su libro. El rigor académico, necesario para este tipo de investigaciones, no se aviene mal con el sentido narrativo de la vida, única condición para actualizar -hacer nuestro- el pasado intelectual que nos antecede. El sentido de la continuidad es la clave de la cultura.