
Antes de empezar a leer este libro quiero señalar que Alberto es un narrador cruel, terrible, implacable, devastador: describe balazos, torturas, agresiones y desastres sin que su mano tiemble o su pulso dude. Aporrea mirando al lector directamente a los ojos y se regodea deliciosamente cuando logra su sorpresa y su reprobación. Alberto puede ser un escritor muy perverso y lo sabe, por eso es un hábil explorador de límites. Con esa misma mano luego hace un gesto suave y nos dice que fue una broma, que eran ilusiones, exageraciones nuestras, malos entendidos, y muestra sus dientes que algo tienen de lobo de cuento o de gato de Cheshire, de encanto de hiena. Luego nos cuenta historias divertidas sobre camas pensantes, domadores y turistas extraviados. Y nos saca una sonrisa. “Todo ha sido una equivocación”, pensamos. Entonces su puño se tensa y vuelve a apretarnos, otra vez. Crueldad y humor, descripciones híper realistas y luego fábula ¿cómo se puede relatar lo terrible sin que nos aniquile? En este texto mínimo y preciso que como dice su título, es similar a la vida, se aprecia muy bien la particular escritura de Alberto. De entre lo más triste y de lo más cotidiano, él puede ser capaz de husmear algo fantástico. Así, un rumo de papeles sobre una anodina mesa de burócrata puede volverse de pronto un laberinto donde los funcionarios pueden llegar a perderse, o la estática del televisor transmitirnos mensajes incómodos y persistentes. ¿Cambiamos de canal como la protagonista?, ¿o nos animamos a escucharlos? Y no es solamente por transitar con habilidad por el límite entre lo bizarro y lo divertido, es también la capacidad de Alberto tanto para la sátira macabra como para la crítica del poder, no solo en los dictadores y carceleros que fabula, sino también en la impostura de los géneros tradicionales. Así, los bloques temáticos de este libro como Prisioneros o Revoluciones generan relatos abrazados que pueden funcionar muy bien como una narración total o como pequeñas formas autónomas, células de un organismo torturado pero que a la vez nos divierte. Esto nos permite como lectores, participar en la ambigüedad del juego que este escritor nos plantea ¿cómo va a creer que nos inoportuna si mientras nos perturba nos causa placer? Alberto escribe como quien da un golpe y solo al final de sus relatos atinamos a reaccionar y le agradecemos que sea despiadado y benevolente, riguroso y sutil, que nos muestre el mundo en su ridículo y su miseria, como la gran farsa de opereta donde todos representamos, mientras se nos va el aliento y quedamos desprotegidos, a merced de su sombría y luminosa literatura que solo a veces nos concede unos minutos de ventaja, antes de salir a cazarnos.
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