
Y llegado el final, no conviene hacer balance del amor: se pierde candidez y luz en cada cálculo. Porque un cuerpo que gira en su desnudo no merece la sombra desmayada de los números ni el sustantivo seco ni la moneda verde. De nada vale buscar un palmo de ventaja en el delirio si sabemos que la fuerza de un soplo desvanece las ataduras del agua. Tan sólo el usurero –riguroso y taimado– oculta la inocencia del lirio que se abre. Y a pesar de la astucia siempre pierde. Del amor y su renta, de Alejandro Pedregosa.