Como lector de múltiples culturas, poeta sobre todo, y viajero de mil rutas, Rogelio Sinán supo inventarse los países de acuerdo a estructuras míticas que revivió y ajustó a su propio imaginario. Y asimismo puso en circulación, gracias a un poder evocador inimitable, relatos y leyendas antiquísimos con voces y escenarios panameños. Esta fue su estrategia para dar unidad a su discurso de identidad nacional. Y fue así, como producto de lo escrito, que él logró constituir esa comunidad imaginaria que hoy leemos como lo que es y ha quedado a modo de representación de la panameñidad. No hay con Rogelio Sinán se inauguró el capítulo de mayor trascendencia en la historia del discurso narrativo en Panamá. Estudioso y conocedor, como pocos, de los procedimientos lingüísticos y estilísticos estrenados en el siglo XX, recorrió los innumerables caminos del tejido del lenguaje; trascendió las trampas escondidas en algunos de sus mecanismos; rearticuló la herencia de pensadores, sociólogos, historiadores, escritores y científicos de Occidente; sembró los fundamentos de nuevas representaciones estéticas; reinventó la historia de los suyos con la mirada del hombre moderno y supo subrayar con acierto las características de la identidad nacional y de las múltiples imágenes de nuestro continente.