
La primera novela de Gloria Fortún nos lleva a un Madrid apocalíptico en el que las Comensales, un grupo de poetas forajidas, tratan de crear una nueva sociedad. Han sido muchas las mesas de las que tendría que haberse levantado a lo largo de su vida, pero tiene la certeza de que en esta debe quedarse. Aparecen por la ciudad a caballo, tan rápidas e imposibles de atrapar como un destello. Son las Comensales, una banda de poetas forajidas que se convertirán en la última esperanza de una mujer llamada Cielo. No habrá tarta el día en que Cielo cumpla cuarenta años, sino un corazón sobre una bandeja, en el centro de una mesa redonda, que Cielo habrá de compartir con las Comensales si quiere ser una de ellas. Y es que esto va de corazones. El de la protagonista, inmenso y enrevesado como una catedral. Los de las habitantes de cada una de sus capillas, reliquias que a veces parecen seguir latiendo. El de la líder de la banda, la esquiva Indiardiente. El de un Madrid mítico, extensión del Far West, triste ciudad llena de amor. Y el de quien lea este libro y desee, con un bombeo desbocado, que Cielo encuentre su propio poema.