
Allá por 1965, en ocasión de cumplir años, decíamos: “A los sesenta años de su vida, Raúl González Tuñón tiene, entre otras cosas, tres libros inéditos: Poemas para el atril de una pianola, Nuevos caprichos de Juancito Caminador y su esperado libro de ensayos La literatura resplandeciente. Y a los sesenta años también, su nombre es consigna de las nuevas promociones contra el conformismo de los simuladores del talento, que solapadamente pretenden sancionar esta oleada revalorativa de su vida y de su nombre. Él, como a tantos “hechos favorables”, lo previo cuando escribió la lúcida sentencia: Todo poeta es un inconformista, y recordó las sabias palabras con las que el viejo Marx defendió al irreverente Heine de los acólitos del obediente y mal poeta Feiligrath. ’’Con cinco libros inéditos bajo el brazo como un muchacho, pobre como sus amigos Baudelaire y Rimbaud, ingenuo descubridor de seres y de cosas como a los veinte años, los pintores y poetas que tienen la mitad de su edad lo tutean familiar y respetuosamente en la rueda de la guerrilla artística y social.” Se nos murió de pena por la derrota del pueblo chileno en 1973. Qué no daríamos hoy por ir a escucharlo a la vieja redacción de “Clarín” y que nos hablara otra vez de Miguel Hernández y García Lorca y la España del ’36. Su ojo avizor le hizo escribir un prólogo al primer libro de Juan Gelman. Nos contagió el amor por la poesía y el vino, la pintura y la revolución. Lo admiramos porque no se entregó nunca. Y seguimos peleándolo al olvido. Todo se ha ido, menos lo que vendrá, escribió alguna vez. Y en lo que vendrá, siempre estará él. José Luís Mangieri
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