
Gonzalo tiene un sinfín de dudas que bien podrían caber en una cancha de futbol. A sus dieciséis años carga con la responsabilidad de ser una promesa en la portería, lo que es una mala jugada en su futuro inmediato: él siente un latido más fuerte por el periodismo, aunque la vida, en ocasiones, no es de latidos, sino de intereses ajenos. Un video, en el que está involucrada su hermana, desata una serie de problemas y preguntas que orillan a Gonzalo y a Júligan, su incansable amigo adoptador de causas, a replantear sus posturas frente a lo que sucede en el colegio. La adolescencia es para ellos ese campo abierto en el que un killer sale en contragolpe, con la mira puesta en el gol y la angustia de poder driblar al portero.