
En el centro de este libro amable, risueño y melancólico no hay tantos datos ni análisis técnicos como momentos memorables ligados a la música que escuchamos en la juventud y a lo que hacemos con ella: los grandes conciertos en estadios de Buenos Aires, los casetes que nos llevábamos en un mochileo al sur, las acaloradas disputas sobre si Bob Dylan o la Velvet Underground, Charly o Fito, Oasis o Pulp, y el arte del compilado, que según el autor «consistía en ir guiando las emociones del otro, una tarea riesgosa que había que ejecutar con amor y responsabilidad».