Al leer los textos (que Andrés insiste en no llamar «diarios»), uno queda con la sensación de que su autor vivía algunos asuntos de la vida real para poder escribirlos y reflexionar sobre ellos. La vida, para Caicedo, era preferible escrita. De la depresión de que su autor quería ser una especie de aciago demiurgo al que le estorbaba el ritmo banal de la existencia, pero al que estimulaba a más no poder su traducción en signos escritos. Cuatro secciones extraídas de sus cuadernos personales y dos cartas demoledoras nos dan cuenta de los pálpitos del corazón delator de Andrés.