
Me propongo imaginar un hombre del que hubieran surgido acciones tan distintas que si yo les supongo un pensamiento, no podría haber ninguno más amplio. Y quiero que tenga un sentido infinitamente vívido de la diferencia de las cosas, y cuyas aventuras bien podrían ser tomadas como un análisis. Veo que todo lo orienta: es el universo y el rigor con los que él que siempre sueña. stá hecho para no olvidar nada de aquello que entra en la confusión de lo que es: ningún arbusto. Desciende hacia la profundidad de aquello que pertenece a todo el mundo, se aleja de ello y se contempla. Alcanza las costumbres y las estructuras naturales, las elabora desde todos los ángulos, y comprueba que es el único que construye, enumera, conmueve. Y deja en pie iglesias, fortalezas; diseña ornamentos plenos de suavidad y grandeza, mil ingenios y las rigurosas figuraciones de tantas búsquedas. Abandona los desechos de quien sabe qué juegos grandes. En esos pasatiempos que se van entremezclando con su ciencia, la cual no se distingue de una pasión, posee el encanto de parecer estar siempre pensando en otra cosa... Lo seguiré mientras se mueve en la unidad bruta y en la densidad del mundo, donde la naturaleza le será tan familiar que la imitará para poder tocarla y tendrá la dificultad de concebir un objeto que no esté contenido en ella. A esta criatura del pensamiento le falta un nombre, un nombre para contener la expansión de términos que normalmente están bastante alejados y que de todos modos se escaparían. Ningún nombre me parece más convincente que Leonardo da Vinci. Quien se imagine un árbol está obligado a imaginarse un cielo o un fondo para verlo erguirse frente a él. En esto hay una lógica casi sensible y casi desconocida. El personaje del que hablo se reduce a una deducción de este tipo. Casi nada de lo que podré decir del hombre que ilustra el nombre deberá ser escuchado: no estoy persiguiendo una coincidencia que juzgo sea imposible definir. Lo que trato es de dar una visión del detalle de una vida intelectual, una sugerencia de los métodos que cualquier hallazgo implica, una entre la multitud de todas las cosas imaginables, modelo que uno intuye grosero, pero de todas formas preferible a una serie de anécdotas dudosas, a los comentarios de catálogos de colección, a los datos. Una erudición semejante no haría más que falsear la intención, a todas luces hipotética, de este ensayo. No me es desconocida, pero tengo que tener cuidado para no hablar de ella, para no generar una confusión entre una conjetura relativa y los términos muy generosos, con los restos exteriores de una personalidad si bien ya desvanecida, que nos ofrece tanto la certeza de una existencia pensante, como la de no haber jamás conocido una mejor. Paul Valéry