
Las palabras conocen bien los paisajes de nuestra vida, las sensaciones nacidas al calor de nuestros versos o nuestra prosa. Las palabras sustentan nuestra geografía emocional, nacen con nosotros, crecen y envejecen. Las palabras son trazos que subrayan los matices de un instante en nuestra existencia. Las palabras nos habitan y, sin embargo, no nos pertenecen. En este poemario, las palabras nos muestran las cicatrices y las huellas que el amor deja sobre nosotros en la memoria del tiempo. A veces son de felicidad, otras son heridas abiertas, pero todas tienen su historia y casa historia es importante, subyacen debajo de nuestra piel con sus recuerdos, con su dolor, con su alegría. Nos habitan y, sin embargo, no nos pertenecen.