"No escribo para agradar a nadie", me aventuro a pensar que se repitió también para a sí misma la autora de los versos que componen este libro, quizá mientras miraba ek mecer de las hojas de los árboles que rodeaban su casa de Amherst. O tal vez mientras desfallecía en un colchón escribiendo con los labios, como si hablara en sueños, poemas sobre música, pájaros, eternidad y muerte. La habitación desde la que la poeta nos habla, por si no lo había dicho, cuesta 200 dolares la hora