«Se llama lo mismo que padece: nombre». Con estas palabras de César Vallejo da comienzo un poemario en el que todo se ve atravesado por la tensión entre el significado y su continua resignificación, entre el cuerpo y la forma que se desintegran y el denodado esfuerzo por volver a integrarlos una y otra vez, incluso a riesgo de alterar irreversiblemente sus naturalezas.