El genio de este cineasta, para el que la realización comienza con la escritura, está más vinculado a las palabras que ningún otro. Sus películas se reconocen sobre todo por la inteligencia y la finura de sus diálogos. Pero las imágenes no empalidecen ante el brío del lenguaje, pues la puesta en escena de Joseph L. Mankiewicz es al mismo tiempo el broche más completo de la gran narración hollywoodiense y la expresión de una búsqueda personal, de estilo inconfundible.