Tras servir diligentemente en el templo de Apolo como sacerdotisa, Casandra implora al dios de la lira que le conceda a capacidad de la clarividencia. Conmocionado por la belleza de la joven, el inmortal acepta la petición a cambio de satisfacer su deseo carnal. Sin embargo, tras recibir el Don profético, la joven no cumple con su parte del trato, a lo que el vengativo Apolo responde lanzándole una terrible maldición: nadie creerá jamás sus vaticinios. Obligada a convivir con un don y una maldición de igual magnitud, Casandra se convierte de este modo en una figura trágica que encarna los claroscuros que se esconden tras los poderes de los olímpicos.